Artículo publicado originalmente en la web de los Dominicos de España
El desorden interior
Puede ocurrir que un cierto desorden se adueñe de nosotros en las horas de silencio. Esta experiencia llega a ser un tormento. Nos topamos con el caos que hay en nuestro interior.
Lo que en la vida no se ha asumido siempre nos golpea. El mundo inconsciente aparece consciente.
Pero no hay que sentirse culpables ni avergonzarse de nada, simplemente hay que mirarlo. No hay que sentir ningún apuro ni escalofrío. Y así se irá aquietando todo, y el fondo de la vida se hará presente.
Ante el desorden interior es bueno contemplar la naturaleza. Buscar su belleza, su armonía, su equilibrio. Así despertará en nuestro interior el orden, y con él, la belleza y el perfume de la vida.
La experiencia interior del silencio nos va ordenando. Nos pone en armonía. Dentro encontramos el sosiego, la calma.
Cuando hacemos silencio, no hay que hacer nada, todo se recoloca y se asienta por sí solo.
“El agua revuelta no refleja nada, pero el tiempo devuelve al agua su ser cristalino”(Posada, 66).
“En una colmena se trabaja tan calladamente que nada se oye si no se la golpea; todas las abejas trabajan ordenadamente en torno a la reina, equilibradas por ella, y de ahí la armonía. Un avispero es lo contrario, es un desconcierto, allí nadie sabe a dónde va” (Desde, 11).
Muchas almas
Muchas almas emprendieron y emprenden cada día este camino y perseveran mientras gustan las sabrosa dulzura de la miel y del fervor primitivo; pero apenas cesa esa suavidad y placer sensible, por la tempestad que sobreviene de la tribulación, tentación y sequedad, necesarias para llegar al monte de la perfección, cuando declinan y vuelven las espaldas al camino: señal manifiesta de que se buscaban a sí mismas y no a Dios y a la perfección. Miguel de Molinos. Guía espiritual
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