Escucha, Dios.
Yo nunca hablé contigo.
Hoy quiero saludarte. ¿Cómo estás?
Tú sabes, me decían que no existes.
Y yo, tonto, creí que era verdad.
Anoche vi tu cielo.
Me encontraba oculto en un hoyo de granada.
Quién iría a creer que para verte
bastaba con tenderse uno de espaldas.
No sé si aún querrás darme la mano.
Al menos creo que me entiendes.
Disculpa, debo irme.
La ofensiva será horrible esta noche.
Quién sabe, tal vez llame yo a tu puerta.
¿Me recibirás si hasta ti llego?
Tarde te descubrí, cuánto lo siento.
¡Qué raro! Sin temor voy a la muerte.
PLEGARIA DE UN SOLDADO
El texto anterior se encontró en el bolsillo de un soldado muerto en acción durante una de las tantas terribles guerras del siglo XX.
Muchas almas
Muchas almas emprendieron y emprenden cada día este camino y perseveran mientras gustan las sabrosa dulzura de la miel y del fervor primitivo; pero apenas cesa esa suavidad y placer sensible, por la tempestad que sobreviene de la tribulación, tentación y sequedad, necesarias para llegar al monte de la perfección, cuando declinan y vuelven las espaldas al camino: señal manifiesta de que se buscaban a sí mismas y no a Dios y a la perfección. Miguel de Molinos. Guía espiritual
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